Kuala Lumpur

El cambio de aire y de ritmo al llegar a Kuala Lumpur fue bastante bueno. Sobre todo porque KL –  como la llaman los malasios, que les gusta abreviar todo – no es una ciudad tan grande, pero ofrece toda la variedad de una capital.

Uno de los síntomas de volver a la ciudad fue el reencuentro con un poco de cultura y arte. Otro, probablemente el que más aproveché, fue la disponibilidad de muchas más opciones culinarias. Para empezar, hay barrios enteros de inmigrantes chinos e indios, que son dos de mis cocinas favoritas, pero además hay cafés, restaurantes y puestos callejeros tailandeses, vietnamitas, marroquíes, y nyonya, que es la cocina del oeste de Malasia. Hasta me invitaron a cenar a un restaurante con influencia argentina, a una cuadra de mi hotel, con auténtico chimichurri, probado y aprobado por mí paladar que no sabía para qué lado sacudir la cola de felicidad ante un jugoso bife de chorizo.

Volviendo a la parte cultural, después de bastante tiempo pude escuchar buena música en vivo, ver muestras de pintura y escultura, y visitar ferias de ropa de diseñadores independientes. Me di un poco de gustos de vida metropolitana, sin hacer shopping.

De los dos aglutinamientos de hospedaje, me quedé en el careta – The Golden Triangle le dicen. Cerca del distrito financiero, con muchas opciones de bares y restaurantes. En las ciudades las opciones de alojamiento económicas en general son muy flojas, y me hice la costumbre de subir un poco el nivel cuando visito lugares más poblados.

Con amigos que hice en el camino, otros con los que me reencontré ahí y nuevos que conocí casi a diario, hicimos también un poco de vida nocturna. De todos modos no es algo que valga la pena contarte en detalle. Musicalmente todo lo que encontré fue demasiado comercial y globalizado, y el ambiente de fiesta no es muy estimulante tampoco.

Un día te tengo que escribir un poco sobre los personajes que conocí en el camino. Muchos muy interesantes, muchos que vale la pena volver a encontrarme.

El otro centro de hospedaje – y turistas – es el barrio chino. Por ahí caminé sobre todo buscando comida y fotos. La calle principal es un laberinto de puestos que venden copias de productos caretas. Podés comprarte un reloj “Rolex”, carteras “Prada”, anteojos “Gucci”, zapatillas “Nike” y calzoncillos “Calvin Klein” por menos de 5 dólares. Es un poco gracioso – por media hora – sobre todo por lo descaradamente que varían los precios. Todo empieza más o menos a 10 veces el precio final que podés pagar si negociás fuerte, aunque no es difícil ver a algún turista pagar el precio alto.

El resto del tiempo me dediqué a caminar por calles al azar, intentando y fracasando perderme, porque la ciudad es demasiado fácil de navegar. Lo que más me gustó de Kuala Lumpur es la mezcla que tiene entre techno y colonial. Alguna que otra foto encontré y me quedé.

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