Berlín y Dresden

Vuelvo a donde había dejado. Finalmente a comienzos de febrero, luego de una breve parada en Egipto, llegué a Europa. Entré por Berlín, cosa que creo intensificó el contraste con los lugares donde venía estando últimanente. Aunque Berlín no es la ciudad más prolija ni la más avanzada del mundo, la organización, limpieza y sobre todo los tiempos de todo no dejaron de ser muy nuevos para mí.

A medida que pasaron los días en lo de Jo – vieja amiga que hace muchísimo no veía – me fui acostumbrando de nuevo a la vida occidental, aunque todavía ahora me tira mucho el relajo de Asia. Tuve que reaprender cosas como separar la basura reciclable y la orgánica, o esperar para cruzar la calle.

Pero lo más difícil de superar fue el frío – todas las veredas cubiertas en nieve y hielo. De hecho, no lo superé, y en sólo una semana, me escapé a Dresden, donde no me quedé más de 3 noches y me escapé nuevamente – a Budapest, después te cuento.

Volveré a esta ciudad, ya que no aproveché para hacer nada cultural, y sobre todo, meterme en el ambiente musical local que, para mis gustos, viene a ser más o menos el centro del universo. Caminé un poco, comí mucho pan – en Asia no se consigue – y me reencontré con amistades que hacía tiempo no veía. Un buen cambio en general, a pesar del clima.

Dresden fue breve, pero no menos interesante. Tuve mi primer experiencia europea con Couchsurfing – que venía usando ya en Australia y Malasia – y conocí a Bruno, un rasta intelectual, tecnológico, noctámbulo, y un poco vago, pero con muchos recursos. Es una especie de gurú del viaje a dedo, y se recorrió todo Europa así, y un busca muy habilidoso. La segunda noche en su casa, me dijo “salgo a hacer dumpster divingl ¿venís?”, a lo que obviamente dije que si, y así obtuve una habilidad más para sobrevivir sin un peso en el primer mundo – porque en países más pobres esto sería mucho más difícil.

Salimos en bici, tipo tres de la mañana – encapuchados por las dudas – y recorrimos los basureros de tres supermercados. Es impresionante la cantidad de cosas en buen estado que tiran, y encima como los tachos están en la nieve, es como si las pusieran en una heladera. Había tantas cosas que sólo nos llevó una hora juntar lo que ves en la foto, incluyendo quesos franceses y salmón ahumado – nada vencido todavía, aunque cerca – y nos dimos el lujo de elegir. No es algo que haya vuelto a hacer, y quizás nunca lo necesite, pero algo aprendí, y eso me gusta mucho.

Cuando el clima sea más amigable, posiblemente vuelva a ver un poco más de Alemania. Por ahora sigo con mis ovejas.

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